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EL MISTERIO DE LOS ATAUDES MALDITOS

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EL MISTERIO DE LOS ATAUDES MALDITOS


Dicen que los cementerios son lugares donde los difuntos descansan en paz.  Pero no siempre es así. La oscura e incomprensible historia que poseen algunos de ellos hace que dudemos de tal realidad. Ruidos perturbadores, voces misteriosas, ataúdes que se desplazan solos, como si una potente y extraña fuerza se empeñara en mostrar su presencia, tal vez su inconformismo, ante el eterno reposo.
Los más atrevidos e ignorantes hablan de folclore, o incluso de leyendas urbanas, como si el mero hecho de negar estos enigmáticos sucesos borrara su inexplicable existencia. Uno de los que más ríos de tinta han provocado se halla en la isla de Barbados, en las Antillas Menores, entre el mar del Caribe y el océano Atlántico. Allí se encuentra el cementerio de Christ Church, en la costa sur de la isla, junto a la bahía de Oistins, donde, en una de sus tumbas y durante un plazo de ocho años, tuvieron lugar escalofriantes fenómenos que se dieron a conocer por todo el mundo y para los que jamás se ha hallado una explicación satisfactoria y plausible. Se trata de los conocidos como “ataúdes deslizantes de Barbados”.

No fue un fenómeno aislado, ya que los acontecimientos ocurrieron entre 1812 y 1820, repitiéndose con escalofriante regularidad hasta que, finalmente, los propietarios del panteón y los funcionarios locales, acosados por la sociedad y por su propio nerviosismo, decidieron poner fin a la dantesca situación. Pero no adelantemos acontecimientos…

Los orígenes de esta curiosa tumba se remontan al año 1742, cuando fue construida para la familia Walrond, propietaria en aquella época de una importante plantación de caña de azúcar, que aún en la actualidad tanto abunda en la isla. El panteón es una edificación sólida, con una superficie de cuatro por dos metros. Construida semienterrada con grandes bloques de coral unidos con cemento, está cubierta con una losa de mármol que le sirve de bóveda. Tras su construcción, y antes de ser ocupado, los Walrond decidieron vender el mausoleo familiar a sus amigos, los Elliot.

El lugar de sepelio iba a ser inaugurado con los restos mortales del coronel Thomas Elliot, pero en última instancia, cumpliendo con los deseos del finado, su cuerpo fue arrojado al mar.

Desde aquel día, los ataúdes no volvieron a dar motivos para el misterio, pues todos ellos fueron sacados de la bóveda y trasladados a otros lugares del cementerio. Jamás se llegó a saber qué ocasionó semejante suceso incongruente y nunca más se le volvió a dar publicidad. Una multitud de teorías surgieron en aquella época, tratando de solucionar el enigma pero ninguna era lo suficientemente sólida como para validarla. Se habló de pequeños seísmos, de negros vengativos, de bromistas recalcitrantes, pero todas fueron desechadas por falta de consistencia y de pruebas. El misterio continuó así, y aún hoy se sigue hablando en Barbados del misterio de los ataúdes deslizantes.

En la actualidad el panteón está vacío y puede ser visitado por los curiosos que desean rememorar aquel extraño incidente. Sin embargo, no es necesario trasladarse hasta allí para encontrarse con caprichosos ataúdes andarines. “Antiguas Historias Antillanas” fue un libro publicado por sir Algernon Aspinall. En él, el autor nos describe un suceso similar acaecido en Stanton (Suffolk, Inglaterra) en 1815. Como en Barbados, los ataúdes de Stanton habían sido movidos al menos en tres ocasiones, llegando incluso a ascender unas empinadas escaleras. En 1867, el señor F.C. Paley, de Gretford, en las cercanías de Stamford (Lincolnshire, Inglaterra), relataba un hecho similar sucedido en un panteón local y confirmado por varios testigos. Al igual que en los dos anteriores, los ataúdes fueron removidos repetidamente, quedando incluso alguno de ellos, apoyados verticalmente contra la pared. En 1844, en Arensburg, en la isla báltica de Oesel, ocurrió algo parecido en el panteón familiar de los Buxhoewen. En el transcurso de un misa por los funerales de un familiar, se dejó sentir en el interior de la bóveda privada, unos extraños ruidos que alertaron inmediatamente a los concurrentes. Los más atrevidos, abrieron el panteón y descubrieron boquiabiertos, cómo los féretros de sus difuntos se encontraban desperdigados por el suelo, sin orden alguno.

Con el tiempo, el presidente del tribunal eclesiástico local, el barón de Guldenstabbe, encabezó una investigación oficial y ordenó que la bóveda se abriera. Los ataúdes, pese a haber sido reordenados, y la puerta principal cerrada con llave, se encontraban de nuevo desordenados y dispuestos en difíciles posiciones.

George Hunte, autor de “Barbados”, un libro en el que se trata del misterio de los ataúdes, ofreció una teoría que intentaba explicar el suceso: “El gas de unos cuerpos en descomposición, y no espíritus malignos, fue responsable de las violentas separaciones y del desorden que desbarató el trabajo de los enterradores”. Aunque esta hipótesis parecía, en parte, solucionar el problema, nadie se preguntó cómo era posible que unos simples gases de procedencia humana podían mover unos féretros recubiertos de pesado plomo, de los que cuatro hombres apenas eran capaces de mover.

El misterio siguió y seguirá, me temo, sin solución, para el resto de la vida. Todas las hipótesis vertidas en el asunto, con la intención de explicarlo, han fracasado irremediablemente. Sólo cabe, pues, buscar su origen en otro lugar quizás no tan humano. Ante enigmas como este, uno se siente tentado en pensar en influencias del Más Allá, o en una capacidad psíquica desconocida hasta el momento, capaces de mover objetos pesados y ocultos con la simple fuerza de la mente. Es posible que, por razones fuera de toda lógica, los asistentes a aquellos sepelios, utilizaran sin saberlo una capacidad mental extraordinaria e inconsciente, causantes de ese deslizamiento sin sentido de los ataúdes; esto, reforzado con la convicción, el miedo y el deseo de los que se agregaban para encontrarse con el fenómeno, pudo potenciar aún más el suceso, hasta que, simplemente, se suprimía trasladando los féretros a otros lugares, acabando así con la tentación involuntaria de los eventuales psíquicos. Sin embargo esto no deja de ser una teoría más, tan válida o inválida como las anteriores, que en ningún caso clarifica contundentemente el suceso. El misterio de los ataúdes deslizantes, es, y seguirá siendo, un asunto para los hechos insólitos, y patrimonio del acervo popular.
 

 

  

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